Bajamos del autobús y las primeras fieras se abalanzaron hacia la marquesina. Estábamos rodeados, por donde mirábamos había monos, gritaban, aullaban y parecían hambrientos. Nadie llevaba comida en las mochilas, así que no había razón para que nos atacasen. Yo me puse detrás de Kyle y enfilamos calle arriba buscando la entrada del parque.
Notaba en todo momento que nos observaban, que nos olían que en cualquier momento podían saltar sobre nosotros y arrancarnos los ojos. Kyle y Jonhy cogieron dos palos de bambú que encontramos en el suelo. El sendero discurría entre árboles tropicales y cañas, parecíamos estar a mil quilómetros de la civilización pero entre los claros de la vegetación de podían observar los rascacielos.
Ya empezaba a caer el sol y al llegar a una de las bifurcaciones del sendero decidimos dar media vuelta desandar el camino. Aún pudimos presenciar una pelea territorial entre simios. Los gritos eran ensordecedores y resonaban entre la vegetación. Al final el más valiente de todos no fue Kyle, todo lo contrario, fue el que primero que decidió salir pitando de allí, eso sí, sin soltar el palo.
Para recuperarnos del susto nos fuimos Kyle, Jonhy y yo a un bufet koreano donde nos pusimos las botas a base de carne y arroz. La curiosidad del restaurante era que tenía una plancha en medio de la mesa donde te cocinabas tu mismo las viandas. Ojo con la comida coreana, es bastante picante.
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